Héctor, ¿ya hay que estudiar?
Eran casi las 4 de la tarde y yo recién estaba almorzando. Casi rendido al sueño que me vino desde la mañana fueron estas palabras las que me despertaron. ¿Era Diego? ¿Era mi hermano? Me pareció extrañisimo. Si bien ya habíamos quedado -con mi padre- en ayudarlo a repasar matemáticas para su examen del domingo, escuchar que la iniciativa venía de su parte me tomo por total sorpresa.
Lamentablemente no pude complacer su deseo. Mi despertar de extrañesa no pudo con mi cansancio y descansé por media hora. Luego de eso empezaron mis labores de “maestro”. Antes de hoy siempre ayudaba a mis compañeros del salón cuando acababa los ejercicios o cosas así. Mi gran problema es la falta de paciencia. Puede sonar “sobrado” pero me desespera como no pueden entender cuando las cosas están claras y fáciles. Como comentaba el otro día, una cosa es enseñar y otra cosa es “hacerles sus cosas”. Este punto si me parece malísimo y algunas veces he caido en él debido a mi cansancio por tratar de explicar.
Hoy fue diferente en ambos puntos, cuando le enseñaba a mi hermano fui lo más paciente del mundo, sabiendo que su examen está a la vuelta de la esquina y el esfuerzo que ha puesto para llegar hasta estas instancias – él está postulando a la Escuela de Oficiales de la PNP y son múltiples pruebas anteriores a la de conocimientos – así que también quería apoyarlo en lo que podía. En realidad este examen no es tan dificil, cualquier universitario promedio podría resolverlo con facilidad, así que avanzamos todo el tema de aritmética. La estructura para terminar con los temas ya está planteada así que ojalá rinda sus frutos.
Luego de terminar con esto y cuando me disponía a seguir leyendo “El hombre que hablaba de Octavia de Cadiz” llegó Gabriel. Él es el hijastro de un tio que no es mi tio. En realidad es el hijastro del hijo del compadre de mis abuelos maternos, pero al quedarse huérfano fue criado por mis abuelos. Así es prácticamente un hermano de mi mamá y prácticamente mi tío. Como vemos, Gabriel no es nada mío. Pero debido a su carisma, su paso constante por “la casa” y que nos considera su familia se le aprecia también. Gabriel quería que lo ayude con su tarea de matemática y yo pensé que sería así. Lastimosamente la ayuda fue convirtiéndose-como tantas otras veces- en ese “hacerle la tarea” y reaccioné. Le dije que yo podía darle las pautas pero era él quien tenía que hacerlas y, por sobre todo, aprender.
Pensé que todo estaba bien y que había entendido: él seguía en los ejercicios mientras yo revisaba unas cosas. Luego de unos momentos pregunté: ¿cómo te va? y solo atinó a llorar, entre llantos guardó sus cosas y se marchó sin despedirse de nadie. Me sentí mal, no supe que hacer. Patty dice que hize bien, que tiene que aprender y que con sus lágrimas solo quiere apelar a que me sienta mal. Yo no sé que pensar, por una parte tengo la conciencia tranquila… pero, por otra, no me gusta ver llorar a nadie.
Tal vez será porque no me gusta llorar, tal vez porque cuando lloro yo lo hago de verdad, no sé. Dentro de tantos conflictos, la felicidad sigue.